Un año después del inicio de la entonces denominada Gran Guerra, hoy conocida como la Primera Guerra Mundial, se concretaría lo que se considera el primer genocidio del siglo XX: el Genocidio del pueblo armenio a manos del Imperio Otomano. Este crimen traería consigo terribles y devastadoras consecuencias, tanto para la dignidad del pueblo armenio como para su memoria. Y, por si fuera poco, hay una parte de esta historia que se ha intentado silenciar con mayor fuerza: la violencia de género perpetrada contra las mujeres armenias.
Estudiar la historia de un genocidio no es una tarea sencilla, pero más allá de su complejidad histórica, se encuentra el carácter desgarrador y deshumanizante de su contenido. Por esa misma razón debe ser imprescindible mantener la memoria intacta, no para seguir viviendo en un tiempo pasado, sino para que en tiempos futuros actos de tal calamidad no tengan más cabida en la historia humana.
Es así como este trabajo pretende visibilizar y concientizar, cómo bajo un contexto que ya de por si es inhumano para todos, las mujeres terminan siendo territorio simbólico de conquista, a través de violaciones, esclavitud sexual, maternidades y conversiones forzadas, que han dejado marcas en sus almas y cuerpos. Además, se analizará cómo el negacionismo juega un rol importante en la re-victimización de estas mujeres, no solo de las víctimas directas, si no de sus descendientes, forzándolas a reconstruir su historia en un entorno que niega o minimiza su sufrimiento.
Capítulo I: Antecedentes
Conociendo los orígenes de la palabra "Genocidio"
Parece increíble pensar que una palabra que se usa con bastante frecuencia en la actualidad para describir y catalogar acontecimientos de pasados lejanos como lo fue, por ejemplo, el Genocidio de los pueblos originarios, haya sido recién acuñada en 1943. Fueron de tal magnitud los genocidios cometidos durante inicios y mediados del siglo XX, que llevaron al abogado polaco, Raphael Lemkin, a buscar una manera de no solo darle un nombre a estas barbaries, sino a lograr que se reconocieran a nivel jurídico.
Su principal motivación se debió a lo que estaba ocurriendo durante la Segunda Guerra Mundial, por las políticas nazis de exterminio contra los judíos. Horrorizado por los hechos y por la falta de una política internacional que castigara e hiciera responsable a los ejecutores, decidió trabajar en un término que lograra abarcar la dimensión y magnitud de los actos.
"Genocidio" formada por el sustantivo griego genos ('raza', 'pueblo') y el sufijo latino cidio (de cedeare, 'matar'). Propone la definición general, que es: Eliminación de todo o en parte del grupo objetivo.
Después de finalizada la guerra, y argumentando que el ahora definido concepto de Genocidio no tenía un peso legal en el derecho internacional, Lemkin dedicó la mayor parte de esos años a lograr que se creara una convención internacional apropiada para tratar casos de genocidio. Fue así como en 1948 la Asamblea general de la ONU, aprobó la Convención para la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio, logrando que este crimen tenga un peso legal en el sistema jurídico internacional.
"Para Lemkin, el genocidio iba más allá de la eliminación física en masa, que a su juicio era un caso límite y excepcional; consistía, más bien, en una multiplicidad de acciones destinadas a destruir las bases de la supervivencia de un grupo en cuanto grupo."
Masacres hamidianas: Plantando la semilla del odio
A partir del año 301 d.C, bajo el reinado del rey Tiridates III, Armenia se declara oficialmente cristiana, convirtiéndose en el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión estatal. Llegado el 1555, la parte Occidental de Armenia había sido delegada al Imperio Otomano por la Paz de Amasya. Esta parte de la región se denominaría armenia otomana. Es así como desde este momento el pueblo armenio quedaría implícitamente subordinado a la jurisdicción y voluntad del Imperio Otomano.
El genocidio armenio está oficialmente documentado entre los años 1915-1923, sin embargo, los historiadores han realizado una ardua tarea en el análisis de los contextos socio-culturales, políticos, geográficos, ideológicos, etc. para dar cuenta que este plan macabro ya se venía entretejiendo desde mucho antes de las fechas antedichas.
Para comprenderlo se debe partir de la base que el Imperio otomano estaba principalmente compuesto por una élite de musulmanes otomanos, y que el resto de minorías religiosas, quienes estaban organizadas en un sistema denominado "Millet", vivían en condiciones precarias, excluidas y consideradas por los musulmanes otomanos como ciudadanos de segunda clase.
Entre 1877-1878 tuvo lugar la Guerra ruso-turca, la cual trajo grandes pérdidas territoriales al Imperio otomano, además de una acentuada paranoia por un posible derrumbe del imperio. Todo esto empeoró con el Tratado de San Stefano, que, declarando la victoria rusa, sólo logró crear un ambiente de resentimiento por parte de los pueblos expulsados hacia los cristianos.
Por si fuera poco, el aquel entonces Sultán Abdul Hamid II, acusó a los armenios de haber sido cómplices de los rusos, plantando una semilla de odio y recelo hacia las minorías, y especialmente hacia los armenios, quienes comenzaron a ser percibidos como una amenaza para los musulmanes y el Imperio. Tras la revuelta de Sasún de 1894, donde los armenios se rebelaron ante los abusos del ejército otomano, el Sultán no tardó en aprovechar el caos para justificar las masacres que prontamente iba a perpetrar contra las minorías. Entre 100.000 y 300.000 armenios fueron masacrados y asesinados, a estas se les denomina "Masacres hamidianas".
Los jóvenes turcos y la ejecución del plan
Después de estas masacres, era de esperarse que los armenios pensaran en la idea de tener un Estado propio. Lamentablemente esto no iba a ser posible. En 1908 el Comité de Unión y Progreso (CUP), también conocidos como los Jóvenes turcos, derrocaron al Sultán Abdul Hamid II por medio de un golpe de Estado. Este partido político nacionalista revolucionario y reformador otomano terminó marginando aún más a la comunidad armenia. Como si esto no fuera suficiente, tras perder la guerra de Sarıkamış contra Rusia, nuevamente los armenios terminaron siendo acusados de traición. Esta era la razón perfecta para ejecutar el plan.
Como todo Genocidio, este contenía una estrategia, la cual se trataba de prever qué parte de la población armenia debían exterminar primero. La Directiva 8682 definió al primer grupo. En virtud de esta, los solados y otros musulmanes que formaban parte del ejercito fueron desmovilizados y trasladados a batallones de trabajo. Ya desarmados serían sistemáticamente asesinados por tropas otomanas.
En segundo lugar, en abril de 1915, Talat Bajá, miembro de los Jóvenes turcos, ordenó el arresto de 250 intelectuales, entre los que se encontraban algunos diputados del parlamento otomano, para finalmente asesinarlos. El objetivo principal era impedir que sus voces llegaran al sistema internacional.
Todo este río de sangre iría a desembocar en las arenas del Desierto sirio. El 24 de abril de 1915 el CUP aprobó la Ley Tehcir, en la que se le otorgaba el poder al gobierno otomano de deportar a todo aquel que considerara una amenaza para la seguridad del Estado. Las deportaciones fueron en su mayoría de mujeres, niños y ancianos, los cuales, en gran cantidad terminaron siendo parte eterna de este suelo arenoso, ya fuera por deshidratación, desnutrición o cansancio, o directamente por las balas del ejército. Se estima que 1.5 millones de armenios y armenias fueron asesinados durante el genocidio.
Capítulo II: La violencia de género en el genocidio armenio
Instrumentalización de la violencia de género
En el capítulo anterior se realizó un breve escaneo de los antecedentes del genocidio, logrando evidenciar que los hechos ocurridos a partir de 1915, eran solo la punta de un descomunal iceberg de odio y resentimiento. Las estrategias de exterminio que se analizaron anteriormente no incorporan una de las herramientas más avasallantes y arrolladoras de la que se dio uso durante el genocidio: La violencia de género.
Las naciones, a lo largo de la historia, son concebidas como entidades masculinizadas, en donde el poder es poseído y detentado por el hombre, y la mujer queda reducida al ámbito privado, donde muy a menudo sus contribuciones en el ámbito público terminan siendo ignoradas o borradas de la historia. Es por esta razón que en una sociedad creada por y para los hombres, es importante en lo que concierne a crímenes de lesa humanidad como los genocidios, observar meticulosamente el rol de la mujer.
Bajo este marco se hallarán piezas clave para entender el uso que se le da a la mujer, a su cuerpo y a su espíritu para lograr un cometido. Está claro que referirse a la mujer como una estrategia genocida puede parecer perturbador, escalofriante, pero tal y como mencionó Lois A. West "In colonial struggles, women are perceived as the booty of the male conquerors". En otras palabras, el medio idóneo de los opresores para humillar al grupo rival es a través de la vulneración y violación de las mujeres.
Las mujeres y niños sobrevivientes debían funcionar como una herramienta de prolongación y mantenimiento del Imperio otomano y de prevalencia de la población musulmana frente a los cristianos.
"Part of the annihilation plan of the Young Turks involved the transfer of young children and women to Muslim households and orphanages for incorporation and Islamization."
El cuerpo como territorio de conquista
Una de las grandes estrategias implicó el secuestro simbólico de mujeres y niños en espacios determinados que facilitaran la incorporación y conversión al Islam. Las infancias fueron vulneradas y sometidas a reconfigurar sus pensamientos, creencias y recuerdos, así mismo las jóvenes y mujeres, pero añadiendo un ingrediente extra: la instrumentalización de sus cuerpos.
Las mujeres armenias fueron sometidas a violaciones sexuales, esclavitud de la misma índole, serían obligadas a atravesar maternidades forzadas y a la traumatizante experiencia de criar un hijo sabiendo que el poder de decisión lo tiene el opresor. Todos aquellos rasgos que nos hacen ser humanos, nuestro espíritu, nuestra pasión, el amor por la vida, por el otro, nuestros deseos, sueños y aspiraciones, nuestra calidez, los otomanos se los habían arrebatado a las mujeres armenias. Ahora siendo concebidas como objetos, cuerpos inertes.
Se descifra entonces que estas acciones no fueron simplemente efectos colaterales del genocidio, sino prácticas deliberadas para desarticular la identidad armenia.
"Women as the nation's uncontaminated unique core… mothers needed to be educated so that they could raise a new generation with a new national consciousness."
Negacionismo e invisibilización de la violencia de género
Es evidentemente que a largo plazo este plan macabro y deshumanizante no perduró ni llegó a cumplir su cometido (evitar la creación de un Estado armenio), no obstante, se puede afirmar que trajo consigo consecuencias para la memoria e identidad del pueblo armenio y en particular para las mujeres. Actos de tal calamidad dejan huellas internas. Los traumas que surgen a nivel emocional y mental son evidentes, sin embargo, estas no fueron las únicas cicatrices que perduraron.
A través del documental Grandma's Tattoos, Suzanne Khardalian, una mujer armenia, descendiente de una víctima del genocidio armenio, comparte lo que fue para ella descubrir el significado de los tatuajes de su abuela. En este viaje de descubrimientos, Suzanne desentierra las memorias más desgarradoras de su familia.
Durante el genocidio, las jóvenes y mujeres que fueron víctimas de violaciones sexuales, fueron marcadas no solo internamente, sino tatuadas en sus cuerpos como símbolo y prueba de que finalmente eran territorios conquistados. A través de estos tatuajes, se les transmitió a las mujeres armenias que sus derechos y libertades individuales, su autonomía, su identidad y memoria quedaban supeditadas a la voluntad de los conquistadores.
Con el pasar de los años, estas mujeres jóvenes, ahora se habían convertido en abuelas, con hijos y nietos. Ellas tendrían que vivir con la curiosidad de sus familias respecto a sus cuerpos marcados. La abuela de Suzanne, y así muchas abuelas armenias, partieron de este mundo con una memoria e identidad distorsionadas, por culpa del peso tan grande que estos actos deshumanizantes trajeron a sus cuerpos y mentes.
Aunque el relato de Tatoosh a su nieta Suzanne sobre aquellos peculiares tatuajes no iba más allá de frases como "Cuando era joven nos gustaba jugar a tatuarnos", la verdad es que en sus ojos se podía contemplar una vida entera de negacionismo e invisibilización. Desde 1915 se han visto expuestas a que sus perpetradores hagan un esfuerzo constante por minimizar o directamente negar los hechos como hoy los conocemos.
Negar significa re victimizar, obligando a las víctimas y descendientes a entrar en una lucha de visibilización y reconstrucción de su memoria en la arena internacional. Reconocer hace parte de reparar y es algo que tanto el pueblo en general como las mujeres en particular siguen buscando en la actualidad.
Conclusión
Los objetivos de un genocidio no se limitan únicamente a la eliminación física y sistemática de un grupo humano. La ambición de quienes cometen estos crímenes va mucho más allá: lo que se busca es erradicar el alma misma del pueblo, borrar su historia, su cultura, su identidad colectiva y todo lo que les permite reconocerse a sí mismos como una comunidad. Bajo esta lógica de aniquilación total, no basta con asesinar a hombres, mujeres y niños. Se vuelve necesario atacar sus cimientos más profundos, aquellos que permiten la transmisión de la memoria, las costumbres, la lengua y la fe: las mujeres.
En el caso del genocidio armenio, se ha evidenciado que la instrumentalización de la violencia de género constituyó una herramienta estratégica para lograr esa destrucción total. Las mujeres no solo fueron agredidas física y sexualmente, sino que también fueron utilizadas como territorios simbólicos de conquista, como vehículos para borrar la herencia armenia e imponer, en su lugar, los códigos culturales y religiosos del Imperio Otomano.
A través de violaciones sistemáticas, maternidades forzadas, conversiones religiosas y tatuajes marcados sobre la piel, se pretendía destruir la continuidad del linaje armenio, transformar los cuerpos femeninos en espacios de dominación y silenciamiento, y eliminar cualquier posibilidad de resistencia a través de la identidad.
El descubrimiento de Suzanne Khardalian acerca de la historia de su abuela, Tatoosh, no solo le permitió reconstruir su genealogía, sino también enfrentar el silencio impuesto sobre miles de mujeres que fueron deshumanizadas, marcadas y olvidadas. Esta búsqueda individual se convierte en símbolo de una lucha colectiva: la necesidad de restituir la memoria, de romper con el negacionismo y de dar voz a quienes durante demasiado tiempo fueron silenciadas.
Con dolor, pero también con esperanza, miles de descendientes hoy continúan el trabajo de reconstrucción de la verdad y de reivindicación de sus raíces. Luchan para que el genocidio no sea olvidado, para que la violencia de género no sea naturalizada, y para que los pueblos que han sido marcados por el horror puedan algún día encontrar una forma de sanar.
En memoria de las mujeres armenias.
Bibliografía
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- Educ.arportal (2023) Las mujeres armenias y el genocidio
- Bleyan, V y Antaramián, C. (2023) Los antecedentes del genocidio armenio: Matanzas Hamidianas y Masacre de Adaná, Página12
- Ekmekçioğlu, L. Recovering Armenia: The limits of belonging in Post-Genocide Turkey. Stanford University Press.
- Grandma's Tattoos por Suzanne Khardalian
- Armenian National Committee of America. Armenian Feminism and Reconstructing the Post-Genocide National Identity.





